Huaquechula. — En San Juan Huiluco, junta auxiliar perteneciente a éste municipio, el Martes de Carnaval no es únicamente el cierre festivo previo a la Cuaresma. Es una manifestación viva de identidad comunitaria que late con fuerza ancestral.
Este martes se realizaron los tradicionales “zapotazos”, un ritual que combina resistencia física, simbolismo espiritual y cohesión social. Lejos de interpretarse como un acto de violencia, éstos constituyen una práctica cultural heredada por generaciones.
En cada encuentro cuerpo a cuerpo los participantes, principalmente hombres jóvenes, liberan la energía acumulada del año que concluye en una representación simbólica de purificación y renovación.
En Huiluco los zapotazos forman parte de un sincretismo cultural donde la lucha ritualizada simboliza el tránsito entre ciclos: la muerte simbólica del año viejo y el renacer de la tierra con la próxima temporada agrícola.
De acuerdo con registros históricos y estudios antropológicos sobre carnavales rurales en México, este tipo de combates rituales han funcionado como mecanismos comunitarios de catarsis social y reafirmación de pertenencia.
En el caso de San Juan Huiluco, la práctica se ha mantenido como un sello distintivo que fortalece la identidad local frente a la modernidad. Se trata de golpes, honor y pertenencia.
Durante la jornada entre máscaras, música y algarabía los participantes intercambian zapotazos, golpes dados con el zapato o mediante el choque físico controlado, bajo reglas no escritas que priorizan el respeto y el equilibrio. La comunidad observa, alienta y regula, entendiendo que se trata de una danza de resistencia y honor.
Cada impacto simboliza la expulsión de las malas vibras y la preparación espiritual para el nuevo ciclo. La tierra, el sudor y el esfuerzo físico se convierten en elementos sagrados que conectan a los presentes con la memoria de sus antepasados.
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Foto: Cortesía
cdch