Un elemento que los políticos pierden de vista es que, en épocas electorales, la cercanía con el poder se convierte en un lastre, más que una ventaja, a los ojos de ciudadanos/as.
La razón es muy simple: se quedan con el desgaste del ejercicio de gobierno, las fobias de quien pretenden suceder y, lo peor, representan la continuidad de la arrogancia.
En Puebla para no ir tan lejos existen personajes que creyeron que bastaba la pertenecer al grupo compacto y gozar del ánimo del mandatario en turno para ser el natural, aquel que traería dicha y prosperidad.
¿Y?, pues no.
En lo interno algunos gobernadores impusieron sus cartas al partido, pero éstas terminaron derrotadas en las urnas.
En el ámbito municipal existen los casos de Germán Sierra con Manuel Bartlett; Carlos Alberto Julián y Nácer con Melquiades Morales; y Mario Marín con Mario Montero.

También hubo gobernadores que acabaron por aceptar la imposición de figuras. Mariano Piña Olaya con Don Guillermo Pacheco Pulido; Mario Marín con Blanca Alcalá; y Miguel Barbosa con Claudia Rivera Vivanco.
Es decir, el poder en turno pierde de vista que quizá lo que conviene a la causa no sea lo que él quiere.
La competitividad es la clave de toda elección. El debate no es otro más quién sí gana y con quién se pierde.
Alejandro Armenta es un ejemplo claro: le jugaron todas las contras en el barbosismo, mientras en el ámbito nacional lo condenaron por su lejanía con Andrés Manuel López Obrador.
Incluso, no fue electo aspirante a encuestar por el Consejo Estatal de Morena que encabezada el impresentable de Andrés Villegas.
Y contra todos/as se impuso, porque 30 años de recorrer pueblos y ensuciarse los zapatos valen más que una levantada de mano a destiempo.
Así que la pregunta para la capital no es ¿quién del grupo será, sino quién garantiza el triunfo del partido, del gobernador y de la Presidencia en Puebla?
clh