Atlixco.-El día de la Candelaria, el centro histórico de esta ciudad comienza a transformarse. No sólo es el ir y venir de familias en busca de los tradicionales atuendos para el Niño Dios; también emerge otro oficio cargado de fe, paciencia y destreza: la restauración de imágenes religiosas.
En calles como la 5 Poniente al menos tres talleres se instalan durante esta temporada para recibir a los pequeños personajes de yeso, resina o porcelana que, con el paso del tiempo, han sufrido fracturas, desprendimientos de pintura o el inevitable desgaste provocado por años de devoción.
Sobre mesas de trabajo se observan cabezas, manos y pies en proceso de reparación, mientras pinceles finos devuelven el brillo a rostros que para muchas familias representan protección y esperanza. Los restauradores explican que cada imagen cuenta una historia distinta.
Algunas han pasado por varias generaciones; otras han sufrido caídas accidentales o daños por humedad. El costo del servicio varía según el tamaño del Niño Dios, el material y la complejidad del daño, pero para los creyentes el precio queda en segundo plano. “No es sólo una figura, es parte de a familia”, coinciden varios clientes que esperan turno con la imagen cuidadosamente envuelta entre los brazos.
Esta práctica, aunque menos visible que la venta de ropones y vestidos bordados, forma parte esencial de una tradición anual profundamente arraigada en Atlixco. La restauración es, para muchos, un acto de respeto previo a la bendición del Niño Dios que será presentado en templos el Día de la Candelaria como marca la costumbre católica.
De acuerdo con la tradición religiosa el 2 de febrero conmemora la presentación de Jesús en el templo y la purificación de la Virgen María, fecha en la que los padrinos del Niño Dios ofrecen tamales y atole a familiares y amigos. En municipios con fuerte identidad religiosa como Atlixco, esta celebración no sólo tiene un sentido litúrgico, sino también social y cultural
Así, mientras los comercios de ropa infantil religiosa exhiben escaparates llenos de encajes y coronas, en pequeños talleres del centro los restauradores afinan detalles finales. Cada pincelada es una promesa cumplida, un gesto de fe que se renueva año con año y que confirma que, en Atlixco, la devoción también se repara, se cuida y se hereda.
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cdch