Hay algo que delata a las personas enamoradas antes de que digan una sola palabra. No es la mirada distraída ni el suspiro dramático. Es más sutil: una sonrisa leve, casi clandestina, que se instala en el rostro como si alguien hubiera encendido una luz interior.
Y lo que para muchos podría ser cursilería, en realidad es biología.
