La escena es conocida: pastel al centro, velas encendidas, gente alrededor cantando con un entusiasmo que, dependiendo del nivel de confianza, puede ser genuino, moderado o descaradamente desafinado. En ese pequeño círculo iluminado, el cumpleañero se prepara para soplar. Y aunque parezca un gesto inocente, una tradición más, en realidad es una de las coreografías más antiguas y simbólicas que repetimos sin pensarlo demasiado año con año.