Shakira en el Zócalo: cuando la política se canta en playback

Por claudia , 21 Febrero 2026
Sumario
El asunto de Shakira en el Zócalo es si se es capaz de ver el doble fondo. Porque en política, lo gratuito rara vez es desinteresado
Cuerpo de la Nota

“Te felicito, qué bien actúas

De eso no me cabe duda

Con tu papel continúa

Te queda bien esе show...”

SHAKIRA

En esta ciudad donde el agua escasea, el aire intoxica y la extorsión del crimen organizado es pan de cada día, el gran anuncio institucional fue otro: Shakira cantará gratis en el Zócalo. Confirmado por la jefa de Gobierno, Clara Brugada, con entusiasmo casi patriótico. Cultura para el pueblo. Fiesta colectiva. Entrada libre. Sonríe la multitud.

Y sí: gratis.

Gratis para el público. Gratis para el gobierno, dicen, porque paga el patrocinador. Gratis como si la política funcionara por generación espontánea. Entrada libre para que el sarampión haga de las suyas. Entrada libre a los privilegios. ¿O usted cree que no habrá zonas VIP para funcionarios de Morena y amigachos?

Vamos a otro punto: La artista colombiana no necesita presentación ni impulso. Llena cualquier estadio sin ayuda gubernamental. Entonces, la pregunta no es qué gana ella. La pregunta es otra: ¿qué gana el gobierno capitalino?

Porque el Zócalo no es una plaza cualquiera. No es un foro neutro. Es el escenario simbólico del poder. Ahí se celebran victorias electorales, se conmemoran gestas históricas, se miden fuerzas sociales. Convertirlo en sede de un concierto masivo no es un acto inocente de amor a la música o al ciudadano: es una operación de narrativa pública. Y esa narrativa es impecable: “democratizamos la cultura”.

El acceso gratuito a espectáculos masivos no es en sí mismo criticable. Lo cuestionable es el envoltorio político que inevitablemente lo acompaña. Una plancha llena, drones sobrevolando, tomas aéreas, Palacio Nacional de fondo. Multitud feliz. Gobierno sonriente. Coincidencia fotogénica.

En política, la imagen no es accesorio: es activo.

Se nos dice que no costará al erario porque entra el patrocinio privado. Magnífico. Estado facilitador, empresa agradecida, artista global, ciudadanía eufórica. Todos ganan... Sobre todo quien administra la narrativa pública en tiempos donde la aprobación no siempre canta muy afinada que digamos.

Así que el “gratis” no es mera filantropía. Es inversión simbólica. Cuando el gobierno se asocia a un fenómeno cultural de escala mundial, toma prestada una parte de su popularidad. Es marketing político de masa.

Obvio no sugiero que esto sea nuevo. La política contemporánea entendió que las multitudes no solo se convocan con ideología, también con espectáculo. La era digital trajo eso aparejado. Menos discurso, más espectáculo. Menos rendición de cuentas, más escenario... menos transparencia pero más luces estroboscópicas.

La comparación incómoda es inevitable: cuando hay marchas críticas en el Zócalo, la narrativa oficial suele ser defensiva. Cuando hay concierto multitudinario, la narrativa es celebración institucional. Misma plaza. Distinto encuadre. El espacio público nunca es neutral; depende de quién controle el micrófono.

¿Esto del concierto es ilegal? No.

¿Es inmoral? Tampoco.

¿Es políticamente rentable? Sin duda alguna.

Y ese es el punto medular de esta columna: la política cultural no es solo cultura; es construcción de legitimidad. En un país donde la polarización es permanente y la discusión pública está crispada, un evento de masas gratuito funciona como anestesia colectiva temporal. La fiesta suspende la crítica. El coro sustituye la conversación incómoda.

Mientras miles cantan “Las mujeres ya no lloran”, el gobierno capitalino capitaliza algo más silencioso: la asociación emocional. Y pocas cosas generan emoción como un ícono pop cantando gratis frente al Palacio.

La pregunta final no es si debemos disfrutar el concierto. Claro que sí. El asunto es si somos capaces de ver el doble fondo. Porque en política, lo gratuito rara vez es desinteresado.

Y como en todo buen espectáculo contemporáneo, lo importante no es solo lo que se canta en el escenario. Es quién aparece en la foto cuando termine la canción.

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Columna de Federico Arreola en SDP Noticias

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