El Super Bowl se ha convertido en un desfile de luces, anuncios y celebridades, pero para algunos, sigue siendo un ritual que va más allá del show. Don Crisman, Gregory Eaton y Tom Henschel representan a los últimos fanáticos que han estado presentes en todas las finales desde los primeros años de la NFL, sin importar el lugar ni las circunstancias. Este año, el encuentro entre los Seahawks y los Patriots en Santa Clara marca otra página en su historia personal.
Crisman, de 89 años, está a punto de cumplir 90. Fan de los Patriots desde la fundación del equipo, ve este viaje como algo más que una cita deportiva: es un cierre anunciado, un último capítulo de una tradición que lo ha acompañado toda su vida. Lo acompaña su hija, Susan Metevier, testigo de una pasión que ha trascendido generaciones. “Llegamos a 60”, recuerda Crisman, consciente del peso que significa continuar después de tanto tiempo.
Henschel, con 84 años y secuelas de un derrame cerebral, sigue asistiendo aunque caminar y hablar le cueste esfuerzo. Para él, el Super Bowl sigue siendo una cita vital, una razón para mantenerse conectado con el mundo que lo apasiona. Eaton, de 86 años y todavía activo profesionalmente en Detroit, mantiene intacto su deseo de ver a los Lions en una final. “Mientras pueda moverme, seguiré viajando”, asegura, reflejando la fuerza que la pasión deportiva puede sostener incluso frente a las limitaciones físicas.
El recorrido ya no es lo que era. Antes podían pasar una semana completa en la ciudad sede, disfrutando del ambiente y los encuentros sociales. Ahora se limitan a tres días: llegar, ver el juego y regresar. El lujo y el espectáculo han pasado a segundo plano; lo que importa es el juego en sí, la emoción de estar presentes. Hoy, asistir al Super Bowl puede superar los 10 mil dólares entre boletos, transporte y hospedaje, una cifra que hace que incluso los más fieles piensen dos veces antes de emprender el viaje.
Estos tres hombres no buscan protagonismo ni reconocimiento. Se llaman hermanos y se cuidan entre ellos, compartiendo un vínculo que ningún marcador ni rivalidad puede romper. Lo que alguna vez fue un grupo más amplio, con ejecutivos, periodistas y fotógrafos, se ha reducido hasta quedar solo ellos. Historias como la del fotógrafo John Biever, quien decidió cerrar su ciclo, muestran cómo la era del Super Bowl accesible ha quedado atrás.
Al recordar los primeros años, no mencionan touchdowns ni jugadas espectaculares. Hablan de boletos de 12 dólares, viajes en tren de un día entero y estadios sin pantallas gigantes. Para ellos, el Super Bowl es memoria y tradición, un pedazo de historia que se despide lentamente mientras el evento crece en tamaño, precio y ruido. La pasión de estos hombres demuestra que, aunque el deporte cambie y se convierta en un espectáculo multimillonario, el valor real está en la experiencia vivida y compartida, no en la parafernalia que lo rodea.
¿Interesado en conocer más sobre lo que sucede en Puebla? Haz clic aquí para explorar más noticias hoy.
foto especial
xmh