“Increíble de verdad diciendo que era IA… que no había personas en el AIFA… es el odio llevado al máximo extremo”.
Claudia Sheinbaum, 6 de abril de 2026
“La verdad no tiene defensa contra un idiota decidido a creer una mentira”.
Mark Twain
Durante Semana Santa, el AICM superó los 150 mil pasajeros diarios —más de un millón en siete días—, aun con el corsé de 43 o 44 operaciones por hora. El AIFA, en el mismo periodo, movió 164 mil 525 pasajeros en total. Dicho sin rodeos: lo que uno resuelve en un día, el otro lo celebra en una semana… y lo vende como hazaña.
Pero el problema, nos dicen desde Palacio, no son los números. Es “el odio”.
El AICM genera más de 10 mil millones de pesos al año. El AIFA reportó 492 millones en 2025: ni el cinco por ciento. Y aun así, seguirá recibiendo subsidios —al menos 744 millones de pesos este año— para poder operar sin que se note demasiado el hueco. Es decir, no despega: se le empuja.
En el desierto también hay vida. Nadie lo niega. El problema es cuando el gobierno decide bautizar ese paisaje como selva y exigir aplausos por la biodiversidad.
Porque el punto nunca ha sido si hay pasajeros en el AIFA. Claro que los hay. El punto es que, tras un costo que ronda el medio billón de pesos —incluida la cancelación de Texcoco—, transportar en promedio 23 mil 500 pasajeros diarios no es un logro: es una confesión involuntaria. Y cara.
No se puede decretar la demanda. No se puede obligar a un aeropuerto a ser relevante por instrucción política. Cuando eso ocurre, lo que falló no fue la narrativa: fue la planeación… y después, la necedad.
Pero la conversación ya no gira en torno a eso.
Gira en torno a unas fotografías.
Imágenes difundidas desde la propia presidencia, con errores tan evidentes de inteligencia artificial que ni siquiera requieren peritaje: manos deformes, proporciones imposibles, detalles absurdos. No era una operación sofisticada de desinformación. Era, en el mejor de los casos, descuido. En el peor, propaganda torpe.
Y aquí aparece el verdadero problema: la reacción.
Porque ante la evidencia, Claudia Sheinbaum no corrige, no matiza, no exige explicaciones a su equipo. Acusa. Descalifica. Habla de “odio extremo”, como si señalar un montaje mal hecho fuera una forma de violencia y no un acto básico de verificación.
La inversión es peligrosa: el error se vuelve agravio, y quien lo señala, enemigo.
¿Quién le arma esa comunicación? ¿Quién decide que ese material es digno de la presidencia? ¿Quién filtra, aprueba y publica contenido que no resiste ni el escrutinio más elemental? Nombres hay: Jenaro Villamil y compañía. Responsables también. Lo que no hay, hasta ahora, es costo.
Y no es la primera vez.
Ahí están las imágenes en Palacio Nacional que primero fueron calificadas como “IA de la oposición” y después, con la misma parsimonia, reconocidas como reales. El patrón es claro: negar, resistir, culpar… y, si no queda de otra, admitir sin consecuencias.
Mientras tanto, lo esencial queda fuera de foco.
No hay la misma indignación frente al desabasto de medicamentos ni el mismo tono frente a la inflación persistente ni la misma urgencia ante la inseguridad que no cede. Ahí no hay “odio extremo”. Ahí hay silencio administrativo.
Por eso el AIFA ya no es solo un aeropuerto. Es un síntoma.
Un proyecto que no termina de despegar, sostenido por subsidios, envuelto en una narrativa que exige entusiasmo y blindado por una comunicación que prefiere fabricar percepciones antes que explicar resultados. Aunque para ello tenga que recurrir a imágenes mal recortadas.
Y aquí el problema deja de ser técnico para volverse político.
Porque cuando el poder empieza a creer sus propias versiones —aunque estén mal editadas—, entra en una fase más peligrosa: la desconexión. Ya no se trata de convencer a los demás, sino de convencerse a sí mismo.
Ese es el verdadero paraje desértico: no el AIFA, sino el entorno informativo que rodea a la presidencia. Un espacio donde los datos se vuelven incómodos, la crítica se patologiza como “odio” y la realidad se edita hasta que encaje.
Y eso, históricamente, tiene una consecuencia previsible.
Los gobiernos que sustituyen resultados por narrativa no corrigen: escalan. Doblan la apuesta. Aumentan el volumen de la propaganda, endurecen el discurso y reducen el margen de autocrítica. No porque funcione, sino porque ya no tienen otra cosa.
El problema es que la realidad no negocia.
Y tarde o temprano —con IA o sin ella— termina por imponerse.
Giro de la Perinola
En 2025, el AICM movilizó 44.61 millones de pasajeros; Cancún, 29.48; Guadalajara, 18.77; Monterrey, 15.78; Tijuana, 12.77. El AIFA: 7.08.
Escuchado por ahí: “qué fácil le resulta al poder sumar vuelos… y restar desaparecidos”.
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Columna de Verónica Malo en SDP Noticias
Foto Cortesía
clh