Hay sectores de Europa especializados en educación superior preocupados por la suerte de la ciencia en Argentina y, también, en otras naciones de América Latina que se están dirigiendo, aceleradamente, hacia la ultraderecha.
Recomiendo el artículo “¿La masacre científica cometida en Argentina provocará una reacción en cadena?”, de Helen Packer. La alarma tiene que ver con el “envalentonamiento” del presidente Javier Milei causado por el éxito de su partido en las elecciones intermedias de octubre pasado: “Para las universidades públicas argentinas, que ya padecían años de congelamiento presupuestario y alta inflación, este fue el peor resultado posible”.
Antes de las elecciones intermedias, había alguna esperanza de que el Congreso detuviera la masacre universitaria de la motosierra de Milei. Algo se pudo hacer contra la intención del ultraderechista de reducir a la miseria a las universidades, pero ahora el panorama es muy pesimista.
El daño presupuestal parece irreversible y podría ser todavía más doloroso: “El financiamiento de las universidades públicas argentinas se redujo en torno a un 30% en términos reales en 2024”. Y, en 2025, “el presupuesto universitario era aproximadamente un 35% inferior al de 2023”.
Con lo anterior cayeron los salarios de científicos y de trabajadores universitarios en general. Hay estimaciones, realistas, de que “hasta el 70% de ellos tienen ingresos por debajo de la línea de pobreza”.
Han habido protestas, y han sido multitudinarias en las calles de Buenos Aires, pero nadie ha detenido a Milei.
Así las cosas, “los académicos argentinos se preparan para un empeoramiento de su situación, tanto personal como institucional. Ya se está volviendo ‘prácticamente imposible’ para los académicos sobrevivir con sus salarios menguantes, según Valeria Levi, vicedecana de la Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad de Buenos Aires”.
En este momento, “es cada vez más común que los académicos complementen sus ingresos trabajando como conductores de Uber”.
En lo relacionado con el presupuesto destinado solo a la ciencia, la situación es lamentable: “Las estadísticas sobre el gasto en ciencia también confirman ese sombrío pronóstico. Desde principios de 2024, el gasto público de Argentina en ciencia y tecnología ha caído casi un 44 por ciento en términos reales, y el presupuesto del principal financiador de la ciencia, Conicet, disminuyó casi un 31 por ciento durante ese período, según el Centro Iberoamericano de Investigación en Ciencia, Tecnología e Innovación (CIICTI)”.
Terrible diagnóstico: “Se han perdido casi 4 mil 500 puestos de trabajo en agencias públicas de ciencia y tecnología, incluidos casi 2 mil en Conicet, mientras que 850 investigadores en el inicio de su carrera cuya contratación fue aprobada por el gobierno anterior vieron sus ofertas de becas retiradas, lo que provocó temores de una fuga de cerebros”.
Milei quiere que la ciencia la financien empresas privadas. Ello demuestra “una preocupante falta de comprensión del funcionamiento de la ciencia”, ya que como expresó un científico argentino, Marcelo Rabossi, “en ningún país del mundo se deja la ciencia básica en manos privadas porque sus costos no se traducen en beneficios privados, sino sociales. Sin ciencia básica, no hay ciencia aplicada; es la base”.
La ciencia y la educación superior de Argentina han recibido apoyo externo: “En marzo de 2024, por ejemplo, 68 premios Nobel escribieron una carta abierta a Milei advirtiendo que el sistema científico argentino se acercaba a un ‘peligroso precipicio’ y que devaluar o cancelar la investigación sería un grave error”. Pero tales advertencias a Milei simple y sencillamente le han valido gorro.
Al ultraconservador no le importa que los cinco premios Nobel de Argentina se formaron en universidades públicas.
Javier Milei no es un caso aislado en Latinoamérica: “Un ataque a la ciencia y las universidades por parte de populistas de derecha no es un caso único, por supuesto. En Brasil, vecino oriental de Argentina, Jair Bolsonaro causó una destrucción similar durante sus cuatro años como presidente, de la cual el país aún se está recuperando. Bolsonaro, en el poder entre 2019 y 2023, recortó drásticamente el presupuesto federal para ciencia en un 90%, interfirió en la gobernanza universitaria e intentó limitar la libertad académica”. Hay temores en Europa de un regreso de la ultraderecha al poder, algo todavía improbable, pero desgraciadamente ya no tan improbable.
El temor de que continúe la masacre para la ciencia latinoamericana está justificado por recientes victorias de la ultraderecha, como la del chileno José Antonio Kast, admirador de Pinochet.
No han sido pocos los triunfos recientes de los ultraconservadores de América Latina: Bolivia, Paraguay, Ecuador, Honduras, Costa Rica, Panamá, El Salvador, República Dominicana, Perú.
La izquierda sigue gobernando en Brasil, Colombia, Uruguay y destacadamente México. Pronto habrá elecciones en Brasil y Colombia, ojalá sus votantes de izquierda resistan. Paradójicamente la nueva, excelente relación del colombiano Petro con el estadounidense Trump no favorece a las opciones conservadoras. Pero el riesgo de que la ultraderecha siga avanzando es real.
Así que solo México —gobernado por una científica, Claudia Sheinbaum— puede ahora dar la pelea para demostrar que la ciencia es importante. La 4T debe poner en el centro de sus prioridades a la nueva secretaría de Ciencia, encabezada por Rosaura Ruiz. América Latina no debe abandonar, solo por ideología, el trabajo universitario y científico.
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Columna de Federico Arreola en SDP Noticias
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