¿La castidad y pobreza son antinaturales? ¿ser monja… para qué?

Por leticiam , 18 Enero 2026
Cuerpo de la Nota

“El 75% de mi vida lo ocupa el tema de los placeres, y si no tuviera que preocuparme por tratar de satisfacer eso, no sabría que hacer con tanto espacio y tiempo para dedicarle a otras cosas… porque sería demasiado”, me confesó en la CDMX un amigo artista cercano, hace casi nueve años, cuando yo le anuncié que me iba de monja y dejaba todo para mudarme a Alemania. De todas las reacciones de mis amistades seculares a mi decisión por la vida monástica, sin duda fue la más chistosa; no solo por la honestidad espontánea y por haber puesto en evidencia innecesariamente temas que generalmente no se discuten, sino porque es un artista muy famoso internacionalmente, ambicioso y conocido por su dedicación al arte… todo esto con solo el 25% de su atención. La pregunta obvia para ambos fue: ¿Cuánto más famoso sería si se dedicara 100% al arte?

Aunque de todos los comentarios fue el más gracioso e inesperado, tal vez hasta inapropiado, lo agradecí porque también fue el más profundo. Su reflexión desde su perspectiva, abordaba la verdadera decisión, la elección esencial de lo que significa dejar a un lado tu vida entera, tus propios intereses y entregarte por completo a Dios… El comentario de mi amigo artista evidenciaba que entendió como esa acción, esa decisión vocacional por la vida monástica, no solo quita, sino que también abre un espacio real en tu alma, tu corazón y tu cabeza a algo más.

La mayoría de las preguntas en ese momento de mi vida ante el anuncio de mi vocación giraban para mi sorpresa en torno a cuestiones legislativas: ¿te van a dejar usar un celular? ¿Podremos visitarte? ¿Puedes usar tenis y hacer ejercicio? ¿Está permitido fumar? ¿Puedes tomar vino? ¿A qué hora te tienes que despertar? ¿Te dejan usar ropa de civil? Me costaba mucho entonces entender lo que en el fondo me estaban preguntando realmente. Con el tiempo me di cuenta que la mayoría solo trataba de entender qué era exactamente a lo que yo me había comprometido y procuraban con curiosidad imaginar mi vida. Otros más superficiales, lo que intentaban era medir, por comparación, la virtuosidad de sus propias vidas. Como si alguien pudiera ser menos o más santo por tener permiso (o no) de usar tenis, o un celular, o por la hora en la que te despiertas, o la respuesta a cualquiera de esas preguntas. Yo me despierto todos los días entre 4 y 5 de la mañana para rezar, dependiendo del día, no tengo otra ropa más que mi hábito, y estoy absolutamente segura que estas prácticas no son algo que me llevará a la santidad; es simplemente parte de la rutina monástica, es una estructura base, y tuvo mucho muy poco que ver con mi decisión vocacional. Estas prácticas del monacato en cuestión simplemente las disfruto mucho.

Me siguen preguntando muy seguido, ¿por qué, para qué ser monja? Me preguntan: ¿por qué te ataste tu sola una cuerda al cuello? Pero la respuesta que doy “por fin soy libre y plena”, nadie la entiende. Pero cuando tu vida está dedicada a la oración, la estructura monástica no aprisiona, la rigidez de la vida religiosa en realidad libera. Voy a poner solo un ejemplo concreto, que considero se requiere, para tratar de dar sentido a lo que siempre trato de explicar.

Quisiera discutir específicamente, y a modo de ejemplo, el uso del hábito. Cuando me fui de monja regalé toda mi ropa, usé por años solo uniforme, y desde que me consagré, solo tengo mi hábito; no tengo ninguna otra vestimenta desde hace más de diez años. Me parece personalmente delicioso despertar y no tener que pensar qué ropa ponerte cada mañana. No me interesa en lo absoluto y el cerebro dedicado a eso en el pasado representaba para mí una verdadera pérdida de tiempo y esfuerzo. Pero, aunque no te interese la ropa, ¿se vale no usar ropa del todo?, ¿se vale no bañarse? No me resulta tan fácil acatar las normas de las convenciones sociales sin cuestionarlas; por básicas que parezcan, algunas me cuestan. No me extrañó descubrir en la historia de los ermitaños que hubo muchos que vivían sin ropa en una cueva.

 

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Columna de Sor Stella Maris Fernández en sdp noticias 

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