Ciudad de México, México.— En México, la conversación sobre el trastorno del espectro autista (TEA) se ha desplazado en los últimos años hacia dos frentes que suelen avanzar a ritmos distintos: la urgencia de fortalecer la detección temprana y la presión por garantizar apoyos de largo plazo para quienes requieren asistencia constante. Aunque no existe una cifra única ampliamente aceptada para dimensionar el TEA a nivel nacional, instancias federales han señalado que, a escala global, se estima que alrededor del 1% de la población vive con esta condición, lo que refuerza la necesidad de políticas públicas sostenidas.
En el sistema de salud, los documentos clínicos utilizados por instituciones públicas subrayan que la identificación oportuna puede favorecer el desarrollo de capacidades y mejorar la calidad de vida, además de reducir la carga de estrés en las familias. Una guía de referencia del IMSS destaca el valor de la detección temprana y la importancia de reconocer señales de alerta en el desarrollo para canalizar a evaluación y atención.
En paralelo, el marco normativo vigente contempla obligaciones específicas para impulsar acciones de diagnóstico y atención. La Ley General para la Atención y Protección a Personas con la Condición del Espectro Autista establece como objetivo promover la inclusión y la coordinación institucional, e incorporar dentro de las atribuciones del sector salud la atención mediante, entre otros componentes, diagnósticos tempranos y terapias de habilitación, de acuerdo con las capacidades del sistema.
La discusión también se ha alimentado de la forma en que se clasifica el autismo y de cómo esa clasificación impacta el acceso real a servicios. En los espacios clínicos y comunitarios, una preocupación recurrente es que las necesidades de apoyo pueden ser muy distintas entre personas dentro del espectro, por lo que el reto no es únicamente “diagnosticar”, sino lograr que el diagnóstico se traduzca en rutas claras de intervención , acompañamiento familiar y continuidad de apoyos conforme a niñas y crecen.
En ese contexto, organizaciones y especialistas han impulsado la idea de diferenciar mejor a quienes viven con necesidades de apoyo más intensas y permanentes. A nivel internacional, el término “autismo profundo” fue propuesto por un grupo de expertos para describir a personas con limitaciones severas del lenguaje y/o discapacidad intelectual asociada, que requieren cuidados constantes, en un intento por visibilizar a una población que con frecuencia queda fuera de la investigación y de la planificación de servicios.
En México, el desafío se traduce en una pregunta práctica: cómo pasar del reconocimiento general del TEA a una capacidad operativa para detectar temprano, evaluar con oportunidad y sostener apoyos en la escuela, la comunidad y los servicios de salud. Mientras este debate crece, los lineamientos clínicos y el marco legal ya colocan el énfasis en la detección oportuna y la articulación de acciones; el pendiente es convertir esa ruta en acceso consistente, especialmente fuera de las grandes ciudades.
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Foto : Especial
Djs