En muchas casas del país, el sonido de una botella al destaparse marca oficialmente el cambio de año. No importa si la cena fue sencilla o abundante: a la medianoche, la sidra aparece como invitada obligada. Este gesto, repetido casi de forma automática, tiene detrás una historia que mezcla campo, tradición y hábitos de consumo que se han mantenido por décadas en México.
La sidra que se consume en el país tiene como base la manzana, un fruto cuya producción es relevante en varias regiones. Estados como Chihuahua, Puebla y Durango destacan por sus zonas manzaneras, donde el clima y el trabajo agrícola permiten abastecer tanto al mercado nacional como a la industria de bebidas derivadas. A partir de esta producción se fue desarrollando una oferta de sidra hecha en México, pensada para el consumo interno y, sobre todo, para las fiestas de fin de año.
Durante el siglo XX, la sidra comenzó a ganar terreno como bebida habitual en las celebraciones decembrinas. Su popularidad se explicó, en buena medida, por ser una opción más económica y accesible que otros vinos espumosos. Esto facilitó que llegara a distintos sectores de la población y se integrara a celebraciones familiares, reuniones vecinales y festejos colectivos, sin necesidad de ocasiones formales.
Aunque la sidra tiene un origen europeo, en México adoptó características propias. Los productores locales ajustaron los procesos de fermentación y el nivel de dulzor para adaptarlos al paladar nacional, lo que dio como resultado una bebida más ligera y fácil de consumir. Esta adaptación fue clave para que la sidra dejara de percibirse como un producto extranjero y se asumiera como parte del paisaje festivo local.
Con el paso del tiempo, la sidra no solo se mantuvo como bebida de temporada, sino que adquirió un valor simbólico. El brindis de Año Nuevo se asocia con deseos de abundancia, estabilidad y un nuevo comienzo. En muchos hogares, la sidra cumple una función social: reúne a la familia alrededor de la mesa y acompaña un momento de reflexión y esperanza compartida.
En la actualidad, el mercado de la sidra mexicana muestra cambios. Algunos productores han optado por procesos artesanales y por resaltar el origen de la manzana como un elemento de calidad, mientras que otros mantienen esquemas industriales enfocados en la alta demanda de diciembre. Esta diversidad refleja un consumo que, aunque concentrado en una sola época del año, sigue vigente.
Así, la sidra continúa ocupando un lugar fijo en las celebraciones de Año Nuevo en México. No es solo una bebida para brindar, sino el resultado de una tradición que conecta el trabajo del campo con costumbres familiares que se repiten, año tras año, al comenzar un nuevo ciclo.
Foto ilustrativa
xmh