Las redes sociales se han convertido en una especie de álbum familiar público. Ahí aparecen cumpleaños, festivales escolares, vacaciones y momentos cotidianos de niñas y niños que, en muchos casos, ni siquiera saben que su imagen ya circula en internet. Lo que para madres y padres puede parecer un gesto normal o afectuoso, hoy es motivo de preocupación entre especialistas en derechos digitales y protección infantil.
A esta práctica se le conoce como sharenting, un término que combina las palabras en inglés sharing (compartir) y parenting (crianza). Se refiere a la publicación constante de fotos, videos o información personal de hijas e hijos en plataformas digitales. De acuerdo con datos recopilados por organismos internacionales, una gran parte de las infancias ya tiene presencia digital incluso antes de aprender a hablar o caminar, sin haber dado consentimiento.
El problema no se limita a la sobreexposición. Cada imagen subida a redes sociales puede ser descargada, alterada o reutilizada sin control. Casos recientes han puesto el tema sobre la mesa, como el de un grupo en Facebook señalado por compartir imágenes de menores con fines inapropiados. Aunque las autoridades ya investigan este tipo de espacios, especialistas advierten que una vez que el contenido se difunde, es prácticamente imposible borrarlo por completo.
Los riesgos van más allá de lo virtual. Fotografías que parecen inofensivas pueden ser usadas para grooming, suplantación de identidad, creación de deepfakes o incluso redes de pornografía infantil. También existe el riesgo de que niñas y niños sean reconocidos en espacios públicos por personas desconocidas o se conviertan en blanco de burlas y acoso cuando esas imágenes se viralizan fuera de contexto.
Pero el impacto no es solo externo. Diversos estudios realizados con infancias y adolescentes revelan que muchos se sienten incómodos cuando descubren que sus padres publicaron fotos o videos sin consultarles. Emociones como vergüenza, enojo o desconfianza son frecuentes, sobre todo cuando se trata de imágenes que ellos consideran privadas o ridículas. Para algunos, la sensación es la de no tener control sobre su propia identidad.
Frente a este panorama, expertos y organismos de protección a la infancia coinciden en que la solución no es desaparecer por completo de redes sociales, sino repensar la forma en que se comparte contenido. Recomiendan evitar mostrar datos que permitan ubicar a las y los menores, como escuelas, direcciones o rutinas diarias; revisar la configuración de privacidad; no publicar imágenes comprometedoras y, sobre todo, preguntarles si están de acuerdo antes de subir cualquier foto.
También sugieren establecer acuerdos claros con familiares y amistades, ya que muchas veces el contenido no lo suben directamente los padres, sino terceros que no consideran los riesgos. Enseñar sobre privacidad, consentimiento y límites digitales no es solo un discurso: se aprende con el ejemplo.
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