De acuerdo con el Calendario Litúrgico que rige a la Iglesia Católica, la Cuaresma es el tiempo de preparación para la Semana Santa, inicia con el Miércoles de Ceniza tiene una duración de 40 días, el mismo tiempo que Jesús pasó en el desierto en oración.
Además de recordar los momentos más importantes en la vida del Hijo de Dios, la Cuaresma también ofrece una oportunidad de cambiar, de hacer una pausa y mejorar en diferentes aspectos de la vida.
Durante la Cuaresma, los fieles se dedican a la oración, el ayuno y la limosna, preparándose espiritualmente para la Pascua.
Cada año, la Cuaresma nos invita a un viaje de conversión, y el ayuno es una de sus prácticas más emblemáticas. Para algunos, puede parecer una costumbre anticuada o incluso innecesaria en tiempos modernos, pero la Iglesia nos recuerda que el ayuno tiene un propósito profundo: no es solo una renuncia, sino un camino de libertad.
El ayuno tiene raíces bíblicas y espirituales muy sólidas. Jesús mismo ayunó durante cuarenta días en el desierto antes de iniciar su ministerio público. Su ejemplo nos enseña que el ayuno no es un fin en sí mismo, sino una forma de fortalecer el espíritu, dominar las pasiones y crecer en comunión con Dios.
La Iglesia pide ayunar el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, además de vivir la abstinencia de carne todos los viernes de Cuaresma. Pero más allá de la norma, el ayuno es una herramienta de conversión. Ayuda a despegarnos de lo superfluo para recordar lo esencial: Dios es nuestro verdadero alimento.
La práctica del ayuno no se limita a la comida. Como dijo el Papa Francisco: “Ayuna de palabras hirientes y transmite palabras bondadosas. Ayuna de enojos y llénate de paciencia”. En Cuaresma, podemos ayunar de distracciones digitales, del chisme, del consumismo innecesario o de cualquier hábito que nos aleje de Dios y del prójimo.
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LMR