En Barcelona. La impostura de gobernar desde la narrativa de oposición

Por claudia , 20 Abril 2026
Sumario
Es casi entrañable ver a ciertos líderes reunidos en Barcelona, en una cumbre “en defensa de la democracia”, como si el problema fuera semántico y no estructural
Cuerpo de la Nota

La revolución que se vuelve gobierno aprende rápido a culpar al pasado para sobrevivir al presente”.

Tony Judt

“El poder no teme a la crítica; teme al momento en que ya no puede fingir que no es responsable”.

Ivan Krastev

Desfasados en el tiempo, en las propuestas y —sobre todo— en los significados.

Para los perdidos: el Muro de Berlín cayó en 1989. Con él se desplomó el relato que ordenó la política mundial durante décadas. Dos años después, la Unión Soviética se disolvió y cerró el ciclo de un experimento que duró más de 70 años. Traducción simple: las categorías ideológicas con las que todavía juegan algunos gobiernos ya no explican el mundo; apenas lo caricaturizan. Por eso resulta casi entrañable —si no fuera tan costoso— ver a ciertos líderes reunidos en Barcelona, en una cumbre “en defensa de la democracia”, como si el problema fuera semántico y no estructural. No es izquierda contra derecha. Es poder sin controles contra ciudadanos sin defensas.

Porque hay que tener una elasticidad moral “notable” para hablar de defensa democrática cuando el único país anfitrión que califica como democracia plena es España, según el Índice de Democracia 2024. El resto navega entre democracias defectuosas, regímenes híbridos en deterioro o sistemas autoritarios.

México, por ejemplo, ya no está “en riesgo”: está clasificado como régimen híbrido, con 5.32 sobre 10. Traducido: instituciones debilitadas, Estado de derecho erosionado y una cultura política cada vez más tolerante con el abuso (y al nepotismo, y a la ineficiencia, y a la corrupción, y a…).

Y, sin embargo, ahí están. Gobernando… pero hablando como si resistieran. Como si fueran oposición.

En México, esa lógica ya tiene consecuencias institucionales concretas. Se debilitan contrapesos, se coopta al árbitro electoral y se normaliza que las reglas del juego las definan quienes compiten en él. La paradoja es brutal: se invoca la democracia mientras se reducen sus condiciones de posibilidad por la vía de la alternancia electoral. Las elecciones del 2024 fueron unas de Estado; todo el mundo lo sabe.

En ese contexto, la gira europea de la presidenta se vuelve más que anecdótica: es sintomática. Horas de vuelo en clase turista, declaraciones grandilocuentes, propuestas globales tan aspiracionales como desconectadas —reforestar el mundo con el 10% del gasto militar— mientras en casa se acumulan decisiones que van en sentido contrario. La selva arrasada por el Tren Maya no entra en el discurso; la retórica sí.

Pero hay algo más revelador: el gesto. La foto. El símbolo.

El respaldo público a Cristina Kirchner —con cartel incluido— mientras se invoca, según convenga, el principio de no intervención. Cuando se trata de Venezuela, silencio diplomático. Cuando se trata de aliados ideológicos, solidaridad explícita. No es doctrina exterior: es cálculo político.

Ahí está la verdadera incoherencia. No en el error, sino en el criterio.

Porque el problema no es que estos gobiernos se equivoquen —eso es inevitable—, sino que sigan actuando como si no fueran responsables de sus propios resultados. Como si todavía estuvieran en campaña. Como si el poder fuera una trinchera y no una obligación.

Y eso tiene consecuencias reales: incertidumbre, menor inversión, instituciones frágiles y una ciudadanía cada vez más acostumbrada a que nadie responda por nada. Por nada de nada. Sino pregúntenle a Edith Guadalupe.

Gobernar como oposición no es una pose. Es una forma de evadir el costo de gobernar. Eso, los emanados de Morena, es lo único que dominan bien.

Giro de la Perinola

Por si el Índice de The Economist incomoda, el instituto sueco V-Dem —con más de 600 indicadores— clasifica a México desde 2024 como una autocracia electoral. No es un juicio ideológico; es un diagnóstico metodológico. Y, sin embargo, el discurso oficial insiste en otra cosa: en una épica de resistencia que ya no corresponde a la realidad.

La pregunta, entonces, no es si hay incongruencia (no la hay). La pregunta es si es deliberada. Porque cuando el poder decide seguir actuando como oposición, no es confusión: es estrategia.

Y una bastante rentable… hasta que, claro, deje de serlo.

 

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Columna de Verónica Malo en SDP Noticias

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