Estrategia al estilo AMLO

Por claudia , 25 Mayo 2026
Sumario
Distraer también es gobernar. O al menos sirve para parecer que se gobierna. Y mientras el país ve el show, la realidad sigue cobrando factura
Cuerpo de la Nota

“El patriotismo es el último refugio del canalla”.

Samuel Johnson

Las cosas como son: pocos políticos en la historia reciente de México han entendido mejor el poder de la distracción que Andrés Manuel López Obrador. Y pocos la han convertido en método de gobierno con la disciplina con que él lo hizo. Tomó la vieja idea de Juvenal —darle circo a la multitud cuando no alcanza el pan— y la perfeccionó en versión tropical. Le montó escenario en Palacio Nacional, instaló cámaras, convirtió la mañanera en espectáculo permanente y asumió todos los papeles: conductor, actor principal, villano, juez, porrista y ventrílocuo del país entero.

Si había crisis: distractor. Si había cifras incómodas: distractor. Si había violencia: distractor. Si Pemex volvía a sangrar dinero: distractor. Y funcionó.

Porque distraer también es gobernar. O al menos sirve para simular que se gobierna.

Ahí estaban los temas del día: que si BTS debía venir más veces a México, que si había que hacer un baile por el “6, 7”, que si la oposición era moralmente inferior, que si los críticos eran traidores, que si había una conspiración de alguien en alguna parte. Todo servía mientras el reflector no apuntara a donde realmente dolía.

Y mientras el país veía el show, la realidad seguía cobrando factura.

La 4T presume con orgullo que 32.8 millones de personas reciben dinero de programas oficiales. Y ya anuncian que pronto serán más de 42 millones. Lo presentan como triunfo histórico. Pero hay algo profundamente incómodo en convertir la dependencia en medalla de gobierno.

Un país serio aspira a que su gente tenga autonomía, crecimiento, movilidad y oportunidades. No a que una cuarta parte de la población dependa cada vez más de una transferencia del poder político en turno. Eso genera una cosa muy eficaz electoralmente: clientelas. Y una muy peligrosa institucionalmente: lealtades económicas ligadas al régimen.

En relación directa y estricta a las mencionadas clientelas, hoy la maquinaria necesita con mayor razón distractores más grandes.

Entonces es que aparece la nueva palabra favorita del régimen: soberanía. La repiten como mantra. La presidenta la pronuncia. Morena la corea. Los operadores la distribuyen como estampita política: soberanía, soberanía, soberanía.

Y en la Cuarta Transformación las palabras nunca significan lo que dicen. “Pueblo” dejó de ser ciudadanía y pasó a convertirse en utilería política. “Transformación” dejó de significar cambio y terminó siendo continuidad absoluta. Ahora “soberanía” va por el mismo camino: deja de ser una condición del Estado y se vuelve consigna, blindaje emocional y coartada.

Lo más dramático es esto: en Morena se volvió costumbre confundir gobierno con nación y partido con patria. ¿Y qué con eso?, se preguntarán ustedes.

Pues que disentir ya no es disentir. Cuestionar una decisión se considera “debilitar a México”. Criticar una política pública se convierte en “hacerle el juego al extranjero”. Pedir cooperación internacional se transforma mágicamente en ofensa nacional.

Qué conveniente.

Mientras tanto, el país real sigue ahí. Pemex sigue respirando con asistencia artificial fiscal. El sistema de salud sigue lejos de Dinamarca y peligrosamente cerca del colapso administrativo. La inseguridad sigue dictando reglas en regiones enteras. La extorsión sigue creciendo. El crimen organizado sigue operando donde el Estado no logra imponer autoridad.

Eso sí toca la soberanía. Más que cualquier templete. Más que cualquier discurso. Más que cualquier plaza llena.

Porque un país no es más soberano por repetir la palabra con más volumen. Lo es cuando puede ejercer autoridad efectiva en todo su territorio sin pedir permiso a poderes paralelos.

Así que la propaganda del régimen es traición a la Patria. Estorba. Hunde al país. No ayuda resolver problemas: ayuda aplazarlos. No corrige: entretiene. No gobierna: administra narrativas.

Por eso el llamado para movilizar este fin de semana que viene, concretamente el 31 de mayo, tiene menos de celebración que de operación política. El pretexto es festejar. La utilidad es otra. Cerrar filas. Reactivar estructura. Medir lealtades. Volver a marcar enemigos. Recordarle al país dónde está el centro del movimiento. Y, de paso, enviar el mensaje político que verdaderamente importa: aquí sigue mandando el obradorismo.

Porque ésa es la pregunta de fondo. No qué dice Morena. No qué gritan en el Zócalo. No qué palabra nueva toca repetir.

La pregunta es a quién va a gobernar Claudia Sheinbaum. Al país o al movimiento.

Hasta ahora la señal empieza a verse bastante clara. Cada vez que el dilema aparece, la defensa va primero al partido. Y el país espera. Y espera. Y espera.

Puede que el consejo del expresidente siga funcionando. Distraer. Dividir. Inventar enemigos. Activar clientelas. Encender el reflector donde convenga. Y sí: puede funcionar un rato más. Incluso años. Pero hasta los cuentos más largos terminan. Y la realidad tiene una pésima costumbre: siempre vuelve. Y cuando vuelve, no pregunta por slogans. Pregunta por resultados. Y eso ya no lo arreglará ninguna mañanera ni todas ellas juntas.

Giro de la Perinola

(1) El terreno rústico en Tapalpa vinculado al escondite de “El Mencho” será subastado esta semana por el INDEP. Precio base: casi 13 millones de pesos. Pregunta seria: ¿quién quiere comprar una propiedad ligada al narco?

Porque en México no solo se compra tierra. A veces se compra el problema completo. Aunque, siendo francos, quizá sí aparezca interesado. Algún personaje bien conectado. Una amistad de confianza. Una prima afortunada. Una gobernadora con gusto inmobiliario.

Alguien que después explique que fue “una oportunidad”, “una donación”, “una herencia”, o una de esas casualidades patrimoniales tan frecuentes en la política nacional.

(2) Detalle simpático: el terreno no cuenta con inscripción en el Registro Público. Así que además de comprarlo, habrá que tener el valor de ponerle nombre propio. Y en ciertos círculos políticos mexicanos, para eso sobra experiencia.

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Columna de Verónica Malo en SDP Noticias

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