Ciudad de México. – El reciente ataque armado en el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) Sur, protagonizado por un estudiante, ha vuelto a poner bajo la lupa la influencia de comunidades virtuales donde adolescentes, principalmente hombres, se identifican como “incels” (célibes involuntarios). Este término alude a jóvenes que manifiestan frustración por su situación afectiva y sexual, al tiempo que desarrolla resentimiento hacia la sociedad, particularmente hacia las mujeres.
La agresión ocurrida el pasado 4 de octubre dejó a un alumno herido y provocó la evacuación parcial del plantel. De acuerdo con informes iniciales, el atacante, de 17 años, había compartido en redes sociales mensajes misóginos y términos comunes en foros incel, como “blackpill” —creencia fatalista sobre el fracaso inevitable en el ámbito romántico— y “looksmaxxing”, que alude a una obsesión con la apariencia física. Las autoridades investigan su posible vínculo con espacios digitales que difunden discursos de odio y aislamiento social.
Este hecho ha despertado preocupación entre padres, docentes y autoridades educativas, quienes buscan anticiparse a comportamientos que puedan derivar en violencia o autolesión. En este contexto, un estudio elaborado por el Ministerio del Interior del Reino Unido, titulado Predicting Harm Among Incels , destaca que la mayoría de los jóvenes involucrados en estos foros no constituyen una amenaza terrorista, sino que presentan graves afectaciones emocionales, como depresión, soledad profunda o pensamientos suicidas.
El informe, desarrollado por la Comisión para Contrarrestar el Extremismo y revisado por académicos de la Universidad de Swansea, propone un enfoque preventivo centrado en la salud mental. Entre los signos de alerta más comunes se encuentran el aislamiento severo, el abandono de relaciones sociales, el uso constante de un lenguaje fatalista sobre el rechazo sexual, actitudes misóginas y la frecuente mención de términos propios de estas comunidades, como “Chad”, “Stacy” o “rope”, este último asociado a ideas suicidas. Asimismo, se señalan síntomas de depresión, alteraciones del sueño o apetito, y pérdida de interés en actividades cotidianas.
Los especialistas insisten en que estos indicios deben interpretarse como señales de sufrimiento emocional y no como elementos para etiquetar o criminalizar. Recomendan que la intervención comience con una aproximación empática y sin confrontación ideológica. Es decir, priorizar el malestar emocional sobre el debate de creencias, con preguntas como “¿Qué te ha dolido últimamente?” o “¿Qué situación te hizo sentir así?”, validando las emociones sin reforzar posturas hostiles.
Además, se recomienda evitar discusiones públicas o en redes sociales, ya que estas suelen aumentar el aislamiento del joven. En situaciones de riesgo, se deben activar los protocolos escolares o recurrir a servicios de salud mental especializados.
En cuanto a las opciones terapéuticas, el documento británico sugiere un abordaje integral que combina terapia psicológica, espacios de convivencia social y atención médica cuando sea necesario. Entre las herramientas más eficaces se mencionan la terapia cognitivo-conductual (para contrarrestar pensamientos de inferioridad), la terapia de aceptación y compromiso, técnicas de mindfulness y, en casos de impulsividad o ira, la terapia dialéctico-conductual. También se subraya la importancia de adaptar la comunicación en caso de condiciones como el TDAH o trastornos del espectro autista.
El estudio enfatiza que la intervención adecuada puede prevenir procesos de radicalización y mejorar significativamente el bienestar de estos jóvenes. Coinciden en ello expertos en salud mental, migración y seguridad del área de Asuntos Internos de la Unión Europea, quienes sostienen que el fenómeno incel debe entenderse desde una perspectiva de exclusión social, trauma emocional y déficit de habilidades afectivas, más que como una amenaza ideológica.
Tras lo ocurrido en el CCH Sur, diversas instituciones educativas mexicanas evalúan estrategias de acompañamiento psicológico y programas de alfabetización digital que ayudan a identificar discursos de odio y abordarlos antes de que se transformen en actos de violencia.
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Foto: IA
Djs