Conforme se acerca el cierre de 2025, reaparece un fenómeno que ya es casi una tradición en redes sociales y algunos medios de comunicación: la resurrección de supuestas profecías atribuidas a Nostradamus y Baba Vanga sobre lo que ocurrirá en 2026. Aunque separados por siglos y contextos muy distintos, ambos nombres suelen colocarse en la conversación pública como si se tratara de oráculos capaces de anticipar crisis, guerras o cambios drásticos en el mundo.
Michel de Nôtre-Dame, mejor conocido como Nostradamus, fue un astrólogo francés del siglo XVI que escribió una serie de cuartetas cargadas de metáforas y lenguaje críptico. Sus textos no incluyen fechas claras ni referencias directas a países, personajes o años específicos. Aun así, cada cierto tiempo surgen interpretaciones modernas que aseguran encontrar en sus versos advertencias sobre conflictos internacionales, colapsos políticos o transformaciones tecnológicas. El problema es que estas lecturas suelen hacerse con el diario del lunes: primero ocurre un hecho relevante y después se busca un fragmento que “encaje” con lo sucedido.
Historiadores y especialistas en literatura han señalado que la ambigüedad de las cuartetas permite múltiples lecturas, lo que explica por qué se han vinculado con eventos históricos muy distintos a lo largo de los siglos. En ese sentido, no existe evidencia sólida que respalde que Nostradamus haya anticipado algo concreto para 2026.
El caso de Baba Vanga no es muy distinto. La vidente búlgara, fallecida en 1996, nunca dejó un registro escrito de sus predicciones. Todo lo que se conoce sobre sus supuestas visiones proviene de relatos de terceros, como familiares, seguidores y publicaciones posteriores. Para el año 2026, algunas versiones que circulan en internet hablan de inestabilidad global, crisis sociales y grandes retos para la humanidad, pero ninguna de estas afirmaciones cuenta con documentos originales que las sustenten.
Expertos en pensamiento crítico y divulgación científica advierten que este tipo de contenidos se fortalecen por el llamado sesgo de confirmación: las personas tienden a recordar los supuestos aciertos y a olvidar las predicciones que nunca se cumplieron. Además, en contextos de incertidumbre económica, conflictos armados o cambios acelerados, las narrativas catastrofistas encuentran terreno fértil para difundirse.
Más allá de si alguien cree o no en estas figuras, lo cierto es que su presencia constante dice más sobre la necesidad humana de encontrar sentido al futuro que sobre una capacidad real de predecirlo. Las profecías atribuidas a Nostradamus y Baba Vanga funcionan como un reflejo de las preocupaciones de cada época, adaptándose al clima social del momento.
De cara a 2026, sus nombres vuelven a circular sin pruebas verificables ni bases documentales sólidas. Lo que sí es comprobable es que, año tras año, estas historias se reciclan y se viralizan, recordando que el futuro sigue siendo incierto y que, hasta ahora, nadie ha demostrado tener la última palabra sobre lo que está por venir.
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xmh