En un instante, un estruendo estremeció Iztapalapa y transformó la rutina de sus habitantes en caos. Calles y casas se vieron envueltas en humo y confusión; los gritos, sirenas y carreras improvisadas marcaron los primeros minutos de una tragedia que nadie olvidará.
Pero entonces sucedió lo que siempre pasa en México: cuando la desgracia golpea, el corazón colectivo late más fuerte.