A partir de la madrugada del sábado y según pasan los días, queda claro que la captura de Nicolás Maduro, en una operación militar de Estados Unidos, no inaugura una nueva era para Venezuela; confirma una vieja lógica que Washington ha decidido ejercer bajo el mando de Donald Trump.
El mensaje de Marco Rubio y del propio Trump sobre la operación es simple: “entramos porque podemos, nos quedamos lo que nos convenga y decidimos quién manda según nuestros intereses”. Por supuesto, no hay defensa de la democracia, no hay relatos humanitarios, no hay el esfuerzo retórico de otros tiempos.
“La violación de la soberanía venezolana para la explotación de sus recursos ya no se disfraza de excepción ni de mal menor. Se ejerce a cara descubierta”, determina la última editorial del diario español El País.
Es la materialización del llamado del presidente Trump a la Doctrina Monroe, una versión desacomplejada y autoritaria del viejo principio de tutela de América Latina por parte de Washington que partía del decreto “América para los americanos”.
El último documento de la Estrategia de Seguridad Nacional lo anticipaba, cuando apuntaba que Estados Unidos se reservaba el derecho de actuar unilateralmente cuando sus intereses estratégicos, que con Donald Trump tienen que ver más con el petróleo que con el tráfico de drogas, lo exijan.
“Venezuela ha sido el escenario elegido para demostrar al mundo que ese giro no era retórico”, agrega el análisis.
En ese marco se explica una de las decisiones más inquietantes: la continuidad de la vicepresidenta chavista Delcy Rodríguez en la cúpula del poder.
No responde a ninguna lógica política coherente con una transición democrática, sino a una lógica pragmática. Rodríguez es útil porque controla resortes clave del Estado y ofrece estabilidad a corto plazo.
No hay razones éticas ni democráticas que sostengan esta elección. Si Maduro era inaceptable por autoritario e ilegítimo, ¿qué argumento convierte a su vicepresidenta venezolana en Presidenta de la República Bolivariana y mano derecha en una opción tolerable?
La respuesta es incómoda pero evidente: la transición hacia la democracia no forma parte del plan de Donald Trump en el corto plazo.
El criterio no es quién representa a los venezolanos, sino quién sirve mejor a Washington.
Por eso la exclusión de Edmundo González y de María Corina Machado no es un tema de prudencia temporal. Machado no es una figura marginal ni impopular, como señaló Trump. González ganó unas elecciones con su apoyo y conserva un respaldo social real. La prudencia aconseja evitar una toma inmediata del poder por parte de la oposición en un contexto tan volátil.
Excluir a quienes encarnan la voluntad popular revela que no existe una intención de democratizar Venezuela, solo la voluntad de controlarla.
La comunidad internacional, integrada por la ONU, la Unión Europea y los países latinoamericanos no puede fingir normalidad. No pueden aceptar la ecuación que se les plantea.
“Maduro no, pero Delcy sí; petróleo sí, democracia no; la oposición ganó, pero ahora estorba”.
A corto plazo, la prioridad debe ser clara y compartida: evitar el enfrentamiento civil y el derramamiento de sangre.
Todos los actores, internos y externos, deben llamar a la calma y a la contención. Venezuela no puede convertirse, una vez más, en un tablero donde las potencias miden fuerzas sin pagar el costo humano.
La calma, sin embargo, no puede confundirse con el silencio.
Denunciar esta operación, la rapacidad sin complejos y la farsa de una transición sin demócratas es una obligación política y moral.
Si esta situación se consolida, “Venezuela no habrá salido del autoritarismo, solo habrá cambiado de tutor”, o lo peor de dueño.
De las anécdotas que se cuentan
El sábado pasado, en una entrevista con la cadena Fox News, el presidente Donald Trump insistió en que, desde hace tiempo, ha planteado a la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum la necesidad de una intervención más enérgica contra el narcotráfico en su vecino país, argumentando que “los cárteles gobiernan México”, y que este problema contribuye a miles de muertes por drogas en Estados Unidos.
La presidenta mexicana ha insistido que eso vulnera la soberanía y por lo tanto no acepta.
Sólo hay que recordar que “sobre advertencia no hay engaño”.
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