Con la captura de El Mencho, el domingo pasado, México mandó un mensaje inequívoco: el Estado ha decidido ejercer su fuerza sin ambigüedades.
El país entierra, con hechos y no con discursos, la política de “abrazos, no balazos” del expresidente Andrés Manuel López Obrador.
Durante mucho tiempo, el Estado sabía dónde estaba El Mencho. Se conocían sus movimientos, su red, sus refugios. El costo político, el riesgo de violencia y el temor a una escalada parecían necesario para posponer la decisión. El problema es el precio que pagamos los mexicanos: territorios sometidos, comunidades extorsionadas, instituciones desafiadas.
En su editorial del martes el diario español El País afirmó:
“La presidenta Claudia Sheinbaum optó por otra vía. Y lo ha hecho desde el inicio de su mandato, marcando una diferencia clara respecto a su antecesor. La estrategia encabezada por el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, ha privilegiado la inteligencia, la coordinación operativa y, llegado el momento, el uso decidido de la fuerza pública. El fin del líder del Cartel Jalisco Nueva Generación es el símbolo más visible de ese giro”.
El operativo militar fue contundente y fueron con todo y 48 uniformados murieron en enfrentamientos posteriores tras la reacción violenta de los escoltas de El Mencho..
Como respuesta del Cártel Jalisco Nueva Generación hubo bloqueos, incendios de vehículos, carreteras cerradas, ciudades paralizadas durante horas. Midieron la resistencia del Estado y demostrar que aún puede sembrar el caos.
En los hechos, un Estado que rehúye el enfrentamiento pierde autoridad moral y material. “Un Estado que actúa, aun pagando un costo alto, reafirma su monopolio legítimo de la fuerza. La muerte de El Mencho no borra décadas de violencia ni desmantela de un plumazo una red criminal que ha penetrado economías locales y estructuras sociales”.
Hay límites que no pueden seguir siendo tolerados.
Oreo factor es Washington, que llevaba años reclamando resultados frente a uno de los principales traficantes de fentanilo hacia su territorio. La cooperación en inteligencia fue decisiva para ubicar el escondite final del capo.
La colaboración es necesaria, pero algo esencial. fue una decisión fue soberana.
“El sospechoso es mexicano. Los militares caídos son mexicanos. La operación la ejecutaron fuerzas mexicanas en suelo mexicano”, argumentó.
Durante años, la relación bilateral en materia de seguridad estuvo marcada por la desconfianza y por el debate sobre la injerencia. El éxito de esta operación demuestra que es posible cooperar sin ceder soberanía. México no actuó como brazo ejecutor de otro país; actuó como un Estado que asume su responsabilidad frente a su propia crisis de violencia.
“La épica, si cabe la palabra, no reside en la caída del narco más buscado del planeta, sino en el gesto institucional que la hace posible. No se trata de celebrar la captura como si fuera el final de la historia. La experiencia mexicana enseña que cada líder caído puede ser sustituido, que la fragmentación de los cárteles a veces multiplica la violencia”.
El desafío comienza ahora en consolidar el control territorial, proteger a la población civil, impedir que el vacío de poder se traduzca en nuevas guerras locales.
Sheinbaum ha decidido dejar de retroceder. Eso no garantiza la paz, pero sí redefine el terreno de juego. México no puede resignarse a convivir con poderes facticos que desafían su autoridad. La caída de El Mencho es una declaración de principios.
Frente al desafío del narco, el Estado no abdica.
México envió una señal hacia dentro y hacia afuera, la violencia no se desactiva con consignas. Se enfrenta con decisiones firmes y la convicción de que la ley debe prevalecer.
Ese es el golpe que dio la presidenta Sheinbaum encima de la mesa.
Adiós a los abrazos.
De las anécdotas que se cuentan
Para las autoridades que durante años dijeron que el CJNG no tenía operaciones en Puebla, el domingo los hechos negaron su versión.
En 12 municipios poblanos se registraron 22 actos vandálicos tras la caída de Nemesio Oseguera, 'El Mencho', es una muestra que confirma que el Cártel Jalisco Nueva Generación tiene operaciones en la entidad, reconoció el vicealmirante Francisco Sánchez, secretario de Seguridad Pública estatal.
El cartel tiene presencia en la Sierra Norte, la capital y zona metropolitana, y en la Mixteca, donde lideran la comisión de delitos de índole federal, como el robo de hidrocarburos y el narcomenudeo.
Y lo que nos falta por saber.
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clh