En la escuela de la vida, nadie le pregunta si quiere matricularse.
Basta con nacer y ya está uno matriculado. No hay uniformes ni pupitres asignados. Y el curso escolar, nunca termina.
Lo curioso es que, en esta escuela, somos alumnos y profesores.
Pero el gran maestro es el tiempo, ese Profesor exigente, paciente y a veces severo.
No avisa de los exámenes. Un día se despierta y ahí está el examen en el pupitre. Y si no ha estudiado, no tiene sentido pedir un nuevo examen.