Cuando era niña, en el Colegio Montessori aprendíamos geografía con unos grandes mapas de madera, divididos por continentes, cuyas piezas podían quitarse y volver a colocarse en su sitio. No sé por qué, pero yo tenía una fijación especial con Groenlandia, ese territorio inmenso, remoto y, para mí, profundamente misterioso. Hoy, cuando su nombre aparece con frecuencia en las noticias, y a la luz de su historia —en especial la que se teje alrededor del bacalao y del Atlántico Norte—, recuerdo aquellos años que, desde entonces, no ha dejado de intrigarme.