En los cafés de París, a principios del siglo XX, un grupo de artistas se reunía a jugar con el lenguaje y el inconsciente. André Breton, Paul Éluard, Tristan Tzara y otros nombres que hoy se pronuncian con reverencia surrealista, se entregaban al azar y a la intuición. Inventaron un juego que era también una poética: el cadáver exquisito. Cada uno escribía una frase sin saber lo que el anterior había puesto. Al final, el resultado era un poema delirante, una criatura hecha de retazos, de incongruencias y hallazgos.